¿CÓMO HABLAMOS DE NUESTROS HIJOS?

Cuando hablamos de niños es difícil no caer en extremismos. Lo viven todo con muchísimo fervor y, a ratos, nos contagiamos de este estado y mascamos nuestros recuerdos más antiguos y, otras veces, nos demanda estar en un estado de alerta constante que puede ser agotador. Hay días que esa tensión nos supera, porque se suma a otras mil variables de nuestra vida personal y profesional. Es entonces cuando decidimos despejarnos y quedar con los amigos, o tal vez en nuestro lugar de trabajo o con nuestra pareja y comenzamos a desahogarnos (¡que también es necesario!). Tal vez no controlemos tanto nuestras palabras y salgan tal y como las sentimos en ese momento tan agotador.



Una vez quedé con una amiga para dar un paseo con nuestros respectivos bebés. Ella empezó a desahogarse, al igual que yo, sobre las noches tan complicadas que estábamos viviendo. Recuerdo que cuando terminó de contarme su odisea de las últimas semanas me dijo:

- Pero no quiero que suene a que todo está fatal, la verdad es que tiene muchas cosas buenas y se me cae la baba con él.


Me gustó mucho esa reflexión final porque realmente describe toda una filosofía de vida. Es verdad que pasamos momentos duros y durísimos, que estamos rodeados de situaciones estresantes y que la educación de nuestros hijos es algo intenso y extenuante. Pero cuando solo contamos y oímos eso, entramos en un bucle sin fin. Me refiero también a nuestra vida personal, a nuestra salud, a nuestro trabajo. Es fácil escuchar a diario quejas por parte de todos los que nos rodean y es más fácil aún caer en lo mismo y soltar cosas de las que luego, más tranquilos, podemos arrepentirnos. No estoy diciendo que no sea necesario el desahogo, me parece algo imprescindible. Pero creo que lo ideal sería usar un lenguaje más descriptivo y menos novelesco. Me explico, si contamos los hechos tal y como han pasado, sin tantos juicios de valor, es más probable que nuestro cerebro los procese así, como lo que son y han pasado, no como lo que después has elaborado en tu cabeza. Esa reelaboración de las cosas que te pasan, en muchas ocasiones, añaden una gravedad a la situación que solo está en nuestras cabezas. Pero es que ese es el lugar más importante donde podrían estar, porque es el que nos va influir en todo lo que hagamos. Por eso, tal vez sea más sano para todos dejar la senda fácil de la queja y coger el camino largo y complicado del lenguaje responsable. Y no se trata de contar solo lo bueno y maravilloso de nuestras vidas, sino de contar las cosas de manera descriptiva y fiel a la realidad. Cuando comienzas a reelaborar los hechos que te hacen daño consigues que se enquisten y que puedan llegar a formarte una idea que no es real y mucho menos operativa para que tengas una buena calidad de vida. Son pequeñas rémoras que vas creando en tu cerebro que procesa las órdenes que tú mismo le das en forma de lenguaje, cuando hablas.


Tener una “higiene” en nuestro lenguaje nos ayudará a interpretar fielmente lo que nos pasa. A veces añadimos adjetivos y etiquetas que solo ensucian los hechos reales. Muchas veces me he sorprendido pensando: “¿cómo he podido hablar tan mal de mi hija? Bueno, pero yo sé que ella es mucho más que lo malo y que me hace muy feliz.” Vale, genial, pero eso no lo he dicho. Eso me lo he quedado para mí y lo que he trasladado en mis palabras ha sido lo mal que se ha portado porque ha comido fatal hoy. Pero no cuento que ha conseguido decir una palabra nueva o que nos hemos estado riendo un buen rato en su hora del baño.


Cuando los niños son más mayores y entienden, muchas veces decimos lo primero que se nos pasa por la cabeza, sin filtro alguno, en un momento de estrés y delante de ellos mismos. Las palabras no son gratis, tienen su precio. Decir que tu hijo es “vago” delante de él va a ir influyendo en su personalidad en una edad en la que está en plena formación. ¿Qué queremos trasladarles? ¿Cuántos niños conocéis cuyos padres digan que es un vago que no acabe comportándose como tal? Esto es muy duro, pero es lo que veo a diario como maestra y como orientadora. Niños réplica de las palabras de sus padres, maestros y amigos. Eso no quiere decir que no debamos trasladar a nuestros hijos sus dificultades, aunque creo que tampoco es necesario. Lo ideal y realmente complicado es orientarles para que consigan llegar a los comportamientos, no a las etiquetas. Es decir, yo no trabajo con niños malos, ni vagos, sino con niños. Intento visualizar esas etiquetas que muchas veces nos traslada la familia como dificultades que en ese momento tiene el niño, no como características que tendrán de por vida. Claro que no es fácil, y claro que he tenido, tengo y tendré muchos errores en este sentido. Pero tenerlo presente y ser consciente de esta información puede ayudarnos, al menos, a cambiar y mejorar. No solo por ellos, sino también por nuestra salud mental. Quitarnos etiquetas nos quita una presión innecesaria, sin restarnos responsabilidad.




Así que podemos intentar querernos un poco más, querer más lo que hacemos y a la gente que hemos elegido en nuestras vidas y esas preciosas criaturas que no elegimos, pero que nos ha regalado la naturaleza: nuestros hijos.



Por Marisol Gueral

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