Termina el curso escolar, ¿y ahora qué?





Un año más el curso ha terminado y nuestros pequeños (y no tan pequeños) comienzan a disfrutar de las vacaciones. Todo sería mucho más fácil si este fuera un año como los demás, con su fiesta de fin de curso, la entrega de notas y las despedidas de los amigos. Pero no ha sido así, este año es diferente y la buena noticia es que también aprenderemos cosas diferentes. Lo cierto es que ya las estamos aprendiendo. Hemos aprendido a compaginar (mejor o peor) nuestro trabajo con el trabajo de nuestros hijos y lo hemos hecho a marchas forzadas. Seguramente muchos de vosotros os hayáis dado cuenta de la falta que os hacía ese tiempo con vuestros hijos. Otros estaréis deseando volver a vuestra rutina, que tanta seguridad os daba. Es especialmente frecuente que muchos hayáis pasado por sube y bajas emocionales que en muchos casos derivan en ansiedad. Como seguro que sabéis, la ansiedad puede dar la cara de muchas maneras. No siempre es fácil convivir con ella pero precisamente es esa, convivir, la única clave para soportarla con nosotros.




Muchas familias habéis notado esta ansiedad porque no sabíais si lo estabais haciendo bien en esta nueva situación (¡la dichosa mochila de la culpa de los padres y madres!). Estos son algunos de los temores que me habéis transmitido durante el confinamiento con respecto a vuestros hijos:

· A mi hijo se le está olvidando lo que ha aprendido y no quiere trabajar.

· Se acuesta (y por tanto se levanta) muy tarde y no conseguimos que lleve una rutina.

· Está como apático. No se centra.

· Está triste y llora a menudo.

Sí, estos son los síntomas más comunes de que algo ha cambiado en sus vidas y está bien que lo demuestren de manera que nos den alguna señal. Vayamos por orden. Es muy normal que los niños olviden los contenidos que han visto durante este curso. Sabemos que este periodo requiere de un esfuerzo extra por parte de todos para reforzar los contenidos que realmente les van a hacer falta en su día a día. Muchos me habéis preguntado si es conveniente que sigan trabajando también durante el verano para equilibrar tantos meses sin clase. No hay una respuesta para todos. Lo bueno de estos meses de confinamiento es que habéis visto y comprobado perfectamente el nivel que tienen vuestros hijos en las diferentes asignaturas. Eso os da una imagen clara de los contenidos concretos que necesitan reforzar y cuáles no. Por tanto, creo que, al igual que en cursos anteriores, durante el verano podemos aprovechar para reforzar esos contenidos que sentarán la base necesaria para que el siguiente curso sea más llevadero. Es decir, si hay alumnos que han superado todos los contenidos del curso de manera fluida no será tan necesario ese refuerzo extra. Y, ante todo, las vacaciones están para desconectar. Aunque estemos hablando de niños con muchas dificultades, debemos tener varias semanas de vacaciones en exclusiva, sin nada más que hacer que disfrutar. Si queréis crear una rutina de trabajo, intentad que sea siempre sobre la misma hora, pero eso sí, es bueno ir cambiando la forma de trabajar: podemos trabajar de manera oral, que dibujen lo que han entendido de una lectura, que hagan una exposición oral de un tema o que se lo expongan por videollamada a su abuela. Si algo nos ha enseñado el confinamiento es que las habilidades no solo se trabajan en fichas escritas y en libros, sino también en el diseño y montaje de vídeos, exposiciones orales en videollamadas o en el manejo de diferentes apps.



Por otra parte, muchos niños han mantenido una rutina veraniega de sueño durante este largo confinamiento. Se han acostado más tarde y no había manera de que despertasen a una hora medio decente. Nos ha recordado mucho a lo que nos pasa en agosto, solo que lleva pasando desde marzo. En estos casos sois las familias las que debéis considerar si esto es algo normal o no, deseable o no para vuestro hijo en vuestra situación personal. Una familia está formada por muchas variables: trabajo, tiempo libre disponible, recursos, salud. Todas ellas conforman vuestra situación y hacen a cada familia diferente, por tanto, debéis aplicar medidas diferentes. Un padre de una de mis niñas me comentaba que se acostaban muy tarde porque su hija tenía pesadillas todas las noches. Está claro que hay momentos en los que debemos hacer excepciones, momentos en los que la vida está algo desordenada. Normalmente nos ocurren cuando nos enfrentamos a algo nuevo, y no hay nada que nos haya igualado tanto como esta crisis sanitaria (económica y social) a la hora de afrontar nuevos retos.

Y por último, ¿qué podemos hacer si nuestro hijo está triste y apático? En estos casos es bueno que dediquemos un tiempo a hablar de ello, un tiempo en el que puedan desahogarse, sin reproches ni reprimendas, simplemente un tiempo de respiro. Sin embargo, una vez que se han puesto las cartas sobre la mesa no podemos dejarlas ahí esperando a que alguien juegue nuestra partida. Es la hora de remangarse y pensar en soluciones, es la hora de actuar. No hay soluciones para todos, por eso nadie a quién consultes podrá darte la receta definitiva. Los profesionales podrán darte pistas y orientación, pero el trabajo duro depende solo de vosotros como familia. A veces ese duro trabajo consiste en ratitos de hacer nada. Hacer nada con alguien puede ser muy placentero. Son esas ocasiones en las que estamos al lado de alguien a quien queremos, en la misma habitación, pero hemos desconectado completamente del mundo. Curiosamente después de un rato así nos sentimos un poco mejor. Es una forma de resetear, siempre y cuando se haga durante períodos cortos de tiempo. Como en todo, en el punto medio está la virtud. Nos han bombardeado de manera continua con el mantra de tener tiempo de calidad con nuestros hijos, hacer muchas cosas juntos, motivarlos, sorprenderlos a diario y un largo etcétera. Y todo esto está muy bien, pero lo cierto es que cuando están tristes, cuando estamos tristes, a veces solo necesitamos estar con alguien que no nos juzgue en ese momento y disfrutar de su compañía, sin nada más. Y está bien que no nos condenemos por parar, por tener esos momentos de desconexión tan necesarios.

En definitiva, los problemas que han podido surgir a lo largo de estos meses son un síntoma normal ante una nueva situación para la que nadie estaba preparado. Eso quiere decir que durante semanas hemos estado entrenando y seguro que hemos cometido muchos errores. Pero hemos aprendido a querernos en otras condiciones, querernos desde el confinamiento, desde estar horas y horas con las mismas personas, conociéndonos mejor, aprendiendo a respetar los tiempos y espacios de cada uno (porque no nos ha quedado otra). Decidme si todo esto no suena muy útil también para cuando volvamos a nuestras rutinas pre COVID-19. ¡Ánimo con ese verano!




Por Marisol Gueral

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